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Tópicos respecto del cobro del diseño.

Si usted es dueño o emprendedor del área de diseño gráfico, estas son algunas de las cosas que se supone debería saber.

Como cobrar el trabajo de diseño previo a la maquetación final

Por Ernesto Elizalde

 

Hay algunas cosas que una empresa pequeña o mediana de diseño debe considerar respecto de los cobros y los porqués de estos, ya que de otra forma se corre el inminente riesgo de caer en problemas financieros.

De los bocetos.

El diseño es caro, indudablemente caro, pues la realización de un diseño que sea original, se adecue a las necesidades mercadológicas, venda, de confianza al usuario final, logre transmitir el mensaje que se requiere, cumpla con los requisitos legales, sea imprimible, se logre en una síntesis que se pueda leer en dos segundos y quede además al gusto del cliente (quizá lo más difícil) es indudablemente una odisea que consume muchas horas de trabajo, muchos cambios a lo ya hecho y ello implica dinero; dinero que debe pagar luz que usa la computadora, tintas que se consumen en los dummys impresos, las tortas que consumen los diseñadores en lo que se les ocurren algunas ideas, afinan otra, adecuan a las exigencias del cliente otra, el teléfono para decirle continuamente al cliente cuando menos un “ya merito”, la renta de la oficina, los pasajes para ir a ver al cliente, el papel que se consume, la señora que está limpiando el reguero que va uno dejando, la secretaria que tiene que ir afinando las cotizaciones, enviar faxes, detener a los vendedores que quieren consumir nuestro tiempo para ofrecernos un producto que cambiará nuestra vida, el café para los asiduos diseñadores que por amor a la profesión (o por miedo a los corran) se quedan hasta las 4:00 de la mañana para tener el trabajo listo. Y todo ello ¿para qué? Para que cuando lleguemos con el cliente vea varios bocetos y al final prefiera el “diseño” que elaboró su sobrino de 15 años (apoyándose en las ideas que ya vio el cliente) y por el que el susodicho cobrará $500.00 pesos. Casi por ende el cliente, a menos que sea profundamente honesto, buscará no pagar todo ese trabajo que “no le retribuyó” ninguna ganancia.

Esta situación es común para quienes inician un despacho de diseño y tienen que enfrentarse a la indisposición de pago por parte del cliente cuando siente que todo ese trabajo que se realizó no le reportará beneficios. Muchos empresarios de pequeños negocios de diseño sufren continuamente este cáncer y por ello he aquí que les propongo algunas estrategias.

Es importante que se establezca desde el principio un contrato en el que se especifique que LOS BOCETOS SE COBRAN y es menester especificar cuántos se entregarán, cuánto se cobrará por el boceto adicional, por cambios sustanciales a los bocetos, etc. Este contrato puede establecerse desde el principio en la cotización de forma que en cuanto se firme ésta quede en entendido que se aplican los preceptos de pago por los bocetos.

Es como si estuviéramos haciendo una casa y una misma pared pedimos que la pongan y la quiten una y otra vez, sería ilógico que pretendamos pagar sólo una pared, la final, considerando que ya se usaron horas de mano de obra extras y material que como sea tiene que reponerse. Igual con el trabajo de bocetaje previo.

Por lo mismo es de vital importancia buscar hacerle ver al cliente este concepto y que entienda que los múltiples cambios consumen tiempo e insumos de trabajo y, cuestan.

El punto de vista del cliente

Por otra parte también hay que sabe ponerse en los zapatos del cliente en el sentido de que con mucha seguridad desea gastar lo menos posible en su trabajo; si habláramos de póquer, quiere obtener una flor imperial en el primer intento; esos buenos deseos se entienden, pero por ello es importante tratar de darle esa buena mano desde el principio, haciendo ver que es probable que no sea así en primera instancia. Es por ello que si su presupuesto es poco, es posible que lo verdaderamente adecuado para el cliente sea que se recicle alguna buena idea previamente exitosa que se pueda aplicar en su caso.


También, aquí mismo hay que considerar que no se vale proponerle bocetos de primaria y pretender cobrarlos como si fueran profesionales con el pretexto de que “son horas trabajadas”. Aquí recuerdo una experiencia con un diseñador que consumió tres días en entregarme propuestas de diseño bastante mal hechas y planteaba que yo tenía que pagarle esos tres días que consumió. La respuesta me pareció simple: “no te los voy a pagar pues quizá efectivamente trabajaste esos tres días, pero hiciste algo que un profesional tenía que entregar en una hora y bien hecho”. Retomando el ejemplo de las paredes tiradas previamente, si estas se hicieron mal desde el principio la balanza se pone de parte del cliente quien no tiene porqué pagar trabajos mal hechos.

La profesionalidad de un diseñador se mide en buena parte por la capacidad de entregar un buen trabajo en poco tiempo y, con un poco de tiempo más, un trabajo sumamente complejo y a la perfección. Si usted es un diseñador mediocre, no sabe cómo identificar un trabajo bien hecho, nadie (salvo sus familiares) le chulea su trabajo y por ende no tiene filas de gente esperando porque usted les haga un diseño, lo más probable es que su trabajo sea malo y mediocre, así que olvídese de cobrar las grandes cantidades de dinero y mejor realice miles de bocetos muy baratos para adquirir experiencia y, si luego de eso, sus clientes le piden trabajo, quizá sea momento de empezar a cobrar BIEN su trabajo. No lo olvide. Su trabajo tiene un valor sólo cuando usted esté enteramente seguro de que su trabajo es de calidad, funcional (y ello se ve en la práctica, cuando aumentaron las ventas, los sondeos indican que tiene aceptación del público meta, etc.), se lo piden con mucha regularidad y hay pocas quejas por parte de los clientes. Aún así no faltarán los cliente que traten de verle la cara, menospreciando su trabajo para buscar abaratarlo.


Un diseño de calidad es regularmente aquel que cumple cabalmente con una función específica; en lo personal no soy partidario de aquellos diseños sacados de la manga con el pretexto de la “creatividad” y quieren hacerle suponer a uno que cualquier debraye es un trabajo de calidad artística. Un buen diseño, cuando menos en el caso del diseño gráfico, lo regular (con sus honrosas excepciones) es que el trabajo final venda a un consumidor, informe, invite a la acción, comunique una idea, extraiga nuestros deseos o nos haga soñar, y ello es medible y comprobable normalmente con un sondeo, un estudio de mercado, con el aumento en las ventas de nuestro cliente, con llamadas telefónicas que se esperaba el usuario final hiciera después de ver el diseño o con la sonrisa de nuestro cliente al haber visto coronado con éxito su proyecto.

Una vez que estamos seguros de que nuestro diseño es de calidad, cumple con sus objetivos funcionales de comunicar alguna idea en específico, se puede imprimir o darle la salida correspondiente y el usuario final lo entiende como se supone que tenía que entenderlo; en ese momento es posible incluso defender el proyecto aunque no le guste al cliente. Conozco algunos diseñadores que pagan sus propios estudios de mercado para comprobar la efectividad de su diseño al cliente u otros que logran hacerle ver al cliente que los preceptos mostrados son tan buenos que ahorrará mucho dinero en estudios de mercado si confía en nuestro criterio.

Hay mucho momentos en los que hay que asesorar al cliente respecto de la pertinencia de usar un diseño que probablemente no le guste. Así por ejemplo, hubo una ocasión en la que un cliente deseaba que realizáramos su logotipo personal pero insistía en que dentro del logo se pudieran ver con sus detalles respectivos un buzo, un karateca, unas manos y por supuesto su logograma.

En este caso fue fácil hacerle ver que al momento de la impresión dentro de una tarjeta de 5x9 cms. no cabría bajo ninguna circunstancia (en serigrafía) ese nivel de detalle y se terminó por hacerle una propuesta sintética de su logograma. Hay que recordar que precisamente se supone que, al menos en la mayoría de los casos, el cliente nos consulta para que lo asesoremos y por ello debemos buscar realizar el diseño correcto y no el que el cliente busca de primera instancia, ya que de realizar una idea equivocada, aunque hubiera sido propuesta por el cliente, los que nos quemamos somos nosotros. Es un poco como el caso ilógico de ir al doctor y nosotros indicar qué procedimiento deberá usar para nuestro tratamiento, nosotros mismos indicar el diagnóstico y recetar nuestras propias medicinas.


En el caso de que se trate de un buen diseño, sepamos que es un excelente diseño y el cliente busca minimizar su calidad en la búsqueda de obtener un mejor precio o alguna ventaja adicional, existe una estrategia que consiste en decirle: “tiene usted razón el diseño es tan malo que mejor me lo llevo y lo vendo en otro lado” Esta actitud en algunos casos sirve para que se mueva la balanza en nuestro favor; además a mi en lo personal me parece muy congruente: Si el diseño no le gusta entonces puedo no entregárselo, pero si le gusta ¡pague!


En conclusión:

Un buen diseño consume regularmente muchas horas de trabajo y estas horas cuestan y se deben cobrar.

A cambio de cobrar religiosamente nuestros honorarios por concepto de bocetos hay que entregar proyectos de diseño profesionales y no mediocridades.

Un buen diseño cumple con aquello para lo que se concibió; si debíamos reír y reímos, cumplió con su cometido.

Una vez que sepamos que la propuesta es correcta hay que defenderla en función de su fundamentación teórica y práctica.

 

Si usted tiene comentarios con gusto los recibo en: eelizalde@estudiod3.com

 
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